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La economía colaborativa era una promesa que se ha desvirtualizado por completo en manos de las grandes corporaciones. Apreciados lectores compartimos con Ustedes una entrevista a Igor Calzada, realizada por la Universidad de Cataluña, UOC, a continuación les ofrecemos sus declaraciones:

Barcelona, España, 11 de abril del 2021.— Igor Calzada, es un investigador en la Universidad de Cardiff y el Wales Institute of Social and Economic Research and Data (WISERD), financiado por el Consejo de Investigación Económica y Social (ESRC, por la sigla en inglés); investigador sénior asociado en la Universidad de Oxford, y asesor sénior en transformación digital en áreas urbanas para el programa Ciudades Inteligentes centradas en las personas de ONU Habitat. Está especializado en transformaciones urbanas, gobernanza de las ciudades y derechos digitales y acaba de publicar el libro Smart City Citizenship, en el que reflexiona sobre cómo las nuevas tecnologías y la hiperconectividad digital hacia la que transitan las ciudades condicionan los derechos, la privacidad y, en definitiva, el día a día de las personas que viven allí. Igor Calzada ha sido uno de los ponentes de la 7.ª edición del International Workshop on the Sharing Economy, organizada  por los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)

UOC: Usted explica que las ciudades son un escenario cada vez más hiperconectado y que esta conexión no siempre se hace respetando los derechos de los ciudadanos. ¿Quién se beneficia de esta hiperconectividad y qué gana?

I.C.: En las ciudades pos-COVID-19 se están produciendo, de forma absolutamente invisible para el escrutinio público, una serie de cambios en los procesos logísticos globales que afectan al modo de vivir de los ciudadanos. Y, aquí, la hiperconectividad tiene un papel muy pernicioso, si no se observan atentamente las consecuencias sociales para la ciudadanía. 

Está claro que quien gana con esta hiperconectividad, que viene acompañada de una transparencia nula, es la mano invisible del mercado. Vivimos en una caja negra en la que nadie es capaz de explicarnos qué ocurre. Lo vemos cuando compramos online, hablamos en la red e interactuamos con otros. Y adaptar estas cadenas logísticas a escala local podría ser la solución, siempre que se tenga capacidad técnica y poder político para hacerlo. Por ahora, no tenemos ninguno de los dos. Y, por eso, tal como se indica en mi nuevo libro, Smart City Citizenship, lo primero que hay que empezar a hacer es construir ecosistemas de datos a escala local y regional, con un alto nivel de soberanía del dato para el ciudadano. Solo así será posible proteger a los ciudadanos «pandémicos».

UOC: ¿Hay espacio en la sociedad pospandémica para la privacidad?

I.C.: Estamos viviendo una paradoja que, desde hace tiempo, en la Universidad de Oxford llamamos «unplugging», es decir, desconexión digital inteligente. ¿Quién puede vivir relativamente desconectado en la sociedad hiperconectada y pospandémica? En un extremo hay unos pocos privilegiados que no es necesario que pongan en riesgo su privacidad. Y en el otro extremo, menos inclusivo, están los colectivos más vulnerables que no tienen ni acceso a la conectividad. La privacidad se convertirá en un elemento muy dependiente de cuestiones personales de cada ciudadano, tales como dónde reside, qué rutinas tiene, o qué necesidades u obligaciones tiene de compartir datos propios. 

UOC: ¿Es inevitable perder esta privacidad?

I.C.: Es evidente que vamos a pagar por nuestra privacidad en mayor o menor grado. Para mí, en este contexto, la pregunta es: ¿cómo podemos recuperar la libertad civil y los derechos digitales que estamos perdiendo cada día que pasa? Cuando los gobiernos solicitan pruebas PCR —que son necesarias y se deberían hacer de manera gratuita y no como mecanismo especulativo que paga quien se lo puede permitir—, los proveedores homologados de manera masiva recopilan unos datos biométricos que inician una larga cadena que puede terminar en la usurpación de nuestra privacidad.

¿Y si la vacuna fuera un bien común y la vigilancia de sus variantes estuviera democratizada por hubs interconectados globales? Probablemente, las cooperativas de datos y de plataforma son lo que necesitamos para mutualizar nuestros datos voluntariamente. Si bien la economía colaborativa era una promesa que se ha desvirtualizado por completo en manos de las grandes corporaciones, la era pos-COVID-19 puede ofrecer maneras de practicar la donación y el altruismo de datos. Desde la mirada más distópica, la COVID-19 es el motivo perfecto para que los ciudadanos no tengan ninguna alternativa. Sin embargo, pienso que tenemos que construir alternativas sobre la base de la propiedad de los datos y los derechos digitales, y no de la privacidad en sí misma. Esta batalla ya la hemos perdido; hay que ir un paso más allá. 

UOC: ¿Somos conscientes de esta pérdida de privacidad?

I.C.: No, no somos conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor. Esto es, para mí, lo más grave. El ciudadano pandémico es un ciudadano que ahora, en cualquier circunstancia, está en fase de supervivencia y resiliencia. El ciudadano pandémico «exhibe» por necesidad; lo que hacen las herramientas digitales es incorporar el componente adictivo. Tenemos una mezcla explosiva que aumenta a medida que también crecen las restricciones y que las libertades y los derechos se restringen. Ya vivimos en burbujas digitales y vivenciales. 

UOC: ¿La pandemia puede convertirse en una especie de terapia de choque para normalizar ciertos mecanismos de control?

I.C.: Ya lo es, lo ha sido desde el primer momento. Ahora estamos muy ocupados con la vacuna y con cuándo podremos coger un avión o movernos. Es una terapia de choque y, además, también hay una corriente negacionista que está absolutamente fuera de la realidad social y que recrea su paranoia de «normalidad». Tecno políticamente hablando, estamos en un momento en el que necesitamos volver al valor de la ciudadanía: tenemos una responsabilidad social en un escenario en que la salvación particular e individual parecen empoderarse. Y esto implica un comportamiento que tenga en cuenta a los demás. Nos salvamos si también salvamos a los demás. La distancia se podrá consolidar, y nos provocará una experiencia nueva, tal vez desconocida, en la que la proximidad y la distancia se miden de otra manera. Quizá estábamos más alejados cuando nos abrazábamos que ahora que somos más conscientes de lo que nos jugamos.

UOC: ¿Piensa que las empresas están comprometidas con respetar los derechos de desconexión digital?

I.C.:  La desconexión digital inteligente será una necesidad tan importante como el derecho de preservar la privacidad en línea. Me temo que la lógica extractiva de empresas como Google, Amazon, Facebook o Apple no se detendrá. A escala global, es tan fuerte el motor económico que generan estas empresas que es muy difícil garantizar nuestros derechos más allá de las directivas europeas. La respuesta debe organizarse desde la escala local y regional hacia arriba, esto es evidente. Vemos algunas iniciativas en esta dirección, como las cooperativas de datos y de plataforma, aunque hoy por hoy son bastante marginales y tienen una masa crítica débil, ya que las cooperativas son muy atractivas pero sus modelos organizativos y de propiedad no son simples.

UOC: ¿Hay algún modo de invertir este proceso de pérdida de derechos?

I.C.:  La Coalición de Ciudades por los Derechos Digitales comparte experiencias a escala internacional entre ciudades sobre cómo se puede responder a esta pandemia utilizando las transformaciones digitales, pero sin que ello nos lleve a un deterioro y a una pérdida irreversible de los derechos digitales. No deberíamos ver la pandemia como un hecho coyuntural, sino como un fenómeno que ya altera nuestra manera de vivir e, incluso, nuestra manera de comportarnos socialmente como humanos. Los derechos digitales y la manera en la que utilizamos la tecnología deberían ir evolucionando también gradualmente hacia modelos más inclusivos. Si bien la inercia es muy fuerte y poderosa, debe haber una respuesta conjunta y resiliente desde el liderazgo público e innovador, una sociedad civil alerta y empresas socialmente responsables.

Acerca de la UOC R&I

La investigación e innovación (I+i) de la UOC contribuye a solucionar los retos a los que se enfrentan las sociedades globales del siglo xxi mediante el estudio de la interacción de la tecnología y las ciencias humanas y sociales, con un foco específico en la sociedad red, el aprendizaje en línea y la salud digital.

Los más de 500 investigadores y 51 grupos de investigación se articulan en torno a los siete estudios de la UOC y dos centros de investigación: el Internet Interdisciplinary Institute (IN3) y el eHealth Center (EHC).

Los objetivos de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas y el conocimiento abierto son ejes estratégicos de la docencia, la investigación y la innovación de la UOC.

Más información: research.uoc.edu#25añosUOC

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