Con el personaje de Jean-Luc Picard, de la saga de Star Trek, The Next Generation, aprendí que llegar a las estrellas tendría verdadero sentido si también aprendíamos a convivir con justicia, dignidad y respeto. Por: José del Carmen Zegarra Malatesta
Lima, Perú, 1 de noviembre de 2026.— Hay despedidas que nos hacen recorrer nuestra propia vida. La de Sir Patrick Stewart me ha llevado de regreso a cuando era un niño que miraba el espacio desde una pantalla de televisión y encontraba allí razones para creer en un futuro mejor.
Antes del Enterprise estuvo Lost in Space. Me identificaba con Will Robinson, con su curiosidad, su ingenio y amorosa valentía y aquella amistad con un robot que podía advertirle del peligro y acompañarlo para protegerlo ante lo desconocido. Para un niño como yo, esa relación no me sorprendía, tenía algo profundamente natural: una máquina podía ayudarnos, hasta tener sentimientos, cuidarnos y formar parte de nuestra familia. Después llegó Star Trek. Y el universo se hizo mucho más grande.
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En aquel puente de mando había lugar para todos
Recuerdo a la teniente Uhura en el puente de la primera Enterprise. Una mujer afroamericana ocupaba un puesto de gran responsabilidad, formaba parte de las decisiones y estaba allí por su capacidad. En una sociedad atravesada por el racismo, aquella presencia tenía una fuerza que trascendía la ficción.
Quizá entonces no podía explicar todo lo que significaba. Hoy comprendo cuánto enseñaba esa imagen: el futuro podía incluir a quienes el presente todavía relegaba.
Estaban el capitán Kirk y su gran arrojo; Spock y esa tensión entre la lógica y las emociones que lo hacía tan cercano, incluso desde su disentir. Había personas interpretando a especies alienígenas de distintas procedencias trabajando juntas, entendiéndose y colaborando también con otras formas de vida. Sus desacuerdos no desaparecían, pero podían hablar, aprender, entenderse y cooperar para el bien común.
Yo veía aquella tripulación, quería creer y quiero creer que la humanidad llegará algún día a ser así, sin diferencias, con pasión por la ciencia y gran respeto por la vida en todas sus formas posibles.
Recuerdo que los viajes a velocidades inimaginables me producían vértigo. La teletransportación, los comunicadores, los increíbles avances médicos y los viajes en el tiempo abrían posibilidades que parecían imposibles. Y estaba aquella voz inteligente, respetuosa, a la que llamaban, sencillamente, “Computadora”.
Le consultaban, le pedían algo y respondía: brindaba información, resolvía problemas junto con los humanos, le pedían ayuda hasta para ordenar una canción o una pieza de Mozart. Qué familiar me resulta hoy ese gesto, después de tantos años dedicados a contar la evolución de la tecnología, aquí en el Perú, una país del tercer mundo, pero cuna de grandes culturas y civilizaciones que hasta ahora asombran al mundo.
Sin embargo, lo que más me conmovía era la vida que aquellas herramientas tecnológicas, siempre al servicio del hombre, que hacían posible: explorar, comprender, sanar y regresar, sano y salvo con los demás.
Entonces llegó Jean-Luc Picard
Con The Next Generation encontré otra manera de mirar el futuro. Y encontré a un capitán, un líder de verdad, con el que sentí una profunda admiración.
Jean-Luc Picard leía libros. Escuchaba música clásica. Se detenía a pensar. Podía comandar una nave extraordinaria y, al mismo tiempo, concederle importancia a una conversación, a una duda moral o a la historia de una civilización desconocida.
En él reconocí una forma de liderazgo que admiro y que tanta falta nos hace: la autoridad moral de quien se prepara, escucha y acepta el peso de sus decisiones.
Picard sabía que tener poder exigía límites. Podía defender a su tripulación, confrontar una injusticia y sostener una convicción cuando hacerlo tenía un costo. También podía equivocarse, como todos, y cargar con ello.
Sir Patrick Stewart le dio a ese hombre una presencia inolvidable. Su voz podía llenar el puente de mando; sus silencios nos permitían sentir la dificultad de lo que estaba decidiendo. Detrás del uniforme había una conciencia moral, no un mero personaje.
Para mí, esa fue una de sus mayores enseñanzas: antes de dar una orden, preguntarse por sus consecuencias.
Una nave llena de preguntas humanas
Nunca sentí que el Enterprise fuera solamente una nave interestelar. Era un lugar habitado por preguntas que todavía nos acompañan.
El Teniente Comandante, Data me invitaba a pensar qué significa ser humano. Su constante búsqueda de sentir emociones, comprensión y sentido de pertenencia nos devolvía una imagen de nosotros mismos. Cuántas veces su esfuerzo por comprendernos nos revelaba nuestras propias contradicciones.
Worf ese Kilingon feroz, llevaba consigo el conflicto entre la herencia y el camino elegido. Wesley Crusher, el cadete, el novato, conservaba la curiosidad y el anhelo de quien todavía está descubriendo su lugar. Y Q, ese ser omnipotente, pero fascinado por la contradicción human, con su fastuosa arrogancia y sus risibles provocaciones, sometía a juicio, cual espejo, a nuestra bárbara especie.
Aquel juicio a la humanidad sigue resonando en mí. ¿Qué hemos aprendido? ¿Qué hacemos con nuestro conocimiento? ¿Cómo respondemos ante quienes son distintos?
Las estrellas estaban allí, bellísimas, pero las preguntas nos siguen mirando directamente.
También recuerdo a Guinan en el Ten Forward. Entre tantas historias cósmicas, había un bar donde detenerse, buscar una cerveza andoriana, charlar, escuchar y tratar de entender lo que nos pasaba. Su sabiduría tenía la cercanía de quien sabe acompañar sin apresurarse a llenar todos los silencios del inconmensurable espacio.
La consejera Deanna Troi recordaba la importancia de las emociones a bordo de una nave llena de alta tecnología. Y su madre, Lwaxana, irrumpía con esa vitalidad traviesa capaz de desordenar cualquier solemnidad y hasta sacar de quicio a nuestro capitán Picard.
Todo era tan futurista y, al mismo tiempo, tan humano. Había amistad, incomodidad, humor, afecto y también soledad. Seguíamos siendo reconocibles al otro lado de los siglos.
Los Borg y la dignidad de volver
Los Borg representaban para mí una de las amenazas más inquietantes de aquel universo: perder la individualidad, quedar reducido a una función dentro de una conciencia que lo absorbe todo.
Por eso me dolió la experiencia de Picard. Verlo convertido en Locutus era contemplar la vulneración de alguien cuya voz habíamos aprendido a respetar.
Su regreso no borraba lo ocurrido. La herida permanecía, y precisamente por eso su recuperación tenía tanta fuerza. Volver a ser uno mismo podía requerir ayuda, tiempo y el cuidado de otros.
En esa historia encontré una idea de la dignidad que me acompaña: una persona sigue mereciendo respeto incluso cuando ha sido quebrada, cuando necesita reconstruirse y cuando todavía no puede hablar de lo que sufrió.
Los que encontraban una manera de seguir
También sentía y siento una profunda admiración por quienes hacían posible que el Enterprise continuara su viaje. Recuerdo a Chekov en navegación, a Scotty en ingeniería y, después, a Geordi La Forge, enfrentándose a problemas que parecían no tener solución. Mientras el capitán debía decidir, ellos calculaban, revisaban sistemas y buscaban alternativas. La supervivencia dependía de ese conocimiento compartido y de la confianza entre personas con capacidades distintas.
Aquellas escenas me enseñaron a admirar el trabajo de quienes comprenden cómo funcionan las cosas y encuentran la manera de repararlas. Detrás de cada viaje extraordinario había estudio, ingenio y colaboración.
Nunca seguí la carrera de ingeniería. Sin embargo, dediqué gran parte de mi vida a difundir ese conocimiento, a conversar con sus protagonistas y a contar cómo sus ideas podían mejorar nuestra vida. Esa vocación sigue presente en IT/USERS® y en este portal de noticias: acercar la tecnología a las personas, hacer comprensible lo complejo y preguntarnos para qué queremos avanzar.
Al recordarlo hoy, reconozco cuánto había de aquellas historias en mi propio camino. Yo también quise participar de ese futuro. Mi lugar estuvo en las palabras y en las crónicas: dialogar y contar el trabajo de quienes lo estaban construyendo y ayudar a que otros pudieran comprenderlo.
El futuro que sigo deseando
Sé que una serie de televisión no transforma por sí sola a la humanidad. Pero puede ensanchar aquello que somos capaces de imaginar. Puede sembrar una pregunta en un niño y acompañarlo durante toda su vida.
Eso hizo Star Trek conmigo, me devolvió aunque sea a través de la fantasía, de que si podemos evolucionar.
Me ayudó a concebir una sociedad donde la diversidad fuera parte de la convivencia; donde el conocimiento se pusiera al servicio de la vida; donde encontrarnos con alguien diferente despertara curiosidad y respeto.
Como periodista de tecnología, sigo buscando algo de esa promesa en cada avance que conozco. Me interesa saber a quién ayuda, qué oportunidades abre y cómo puede contribuir a una vida más digna. Aquel joven que escuchaba a la “Computadora” del Enterprise todavía está conmigo cuando interactúo con una inteligencia artificial.
También permanece en mí, el saludo vulcano, que sigo utilizando: 🖖. Un pequeño gesto que contiene un deseo inmenso.
Hoy despido a un actor cuya obra entró en mi vida y se quedó a vivir en ella. Agradezco a Sir Patrick Stewart por la inteligencia, la sensibilidad y la humanidad con las que encarnó a Jean-Luc Picard. Por mostrarme un capitán que podía amar los libros y conducir una nave entre la inmensidad de las estrellas. Por recordarme que la fortaleza también puede expresarse con serenidad y sin imposición.
Quiero creer que algo de ese futuro continúa creciendo en quienes lo vimos. En cada persona que escucha antes de juzgar. En quien defiende la dignidad de otro. En quienes todavía trabajan por una humanidad capaz de merecer las estrellas.
Larga vida y prosperidad en el siguiente plano, Sir Patrick Stewart. 🖖
Usted nos ayudó a imaginar un mundo mejor y nos dio valor para querer construirlo. Ahora le corresponde a nuestra humanidad seguir el viaje, hacia donde nadie ha llegado jamás.
Tu Opinión Nos Importa 🗣️
Hoy he compartido los recuerdos de una historia que me acompañó toda la vida. Me gustaría conocer los tuyos: ¿qué personaje de Star Trek dejó una huella en ti? ¿Qué enseñanza de Picard quisieras ver en quienes hoy tienen la responsabilidad de conducir nuestro mundo?
Quizá tú también guardes una serie, un libro o una película que te ayudó a imaginar un futuro mejor. Te invito a contar esa historia en los comentarios y a recordar juntos a quienes siguen acompañándonos a través de lo que nos enseñaron.
Larga vida y prosperidad, a todos ustedes queridos lectores. 🖖
#ItusersAwards2026 y #superfan
Acerca del Autor: José del Carmen Zegarra Malatesta

Director y Fundador de IT/USERS® con más de 28 años de trayectoria en la vanguardia del periodismo tecnológico. José del Carmen es un experto autodidacta y Multimedia Designer orientado hacia la Arquitectura de Sistemas y la Consultoría Ética en IA; con certificaciones de instituciones de élite como el Knight Center (University of Texas at Austin) en alianza con Microsoft, el BID y la Google News Initiative y ADOBE Creative Suite.
Su pasión por la fotografía lo ha posicionado como Google Local Guide (Nivel 8), con un impacto visual supera las 27.8 millones de vistas y con más de 2,340 fotografías publicadas, evidenciando un dominio único del comportamiento del usuario digital. Actualmente, lidera la consultoría en uso responsable de algoritmos y expande sus fronteras como escritor. Recientemente ha incursionado en la novela de arqueología ficción con su obra «Ulluchu: La ceremonia de la Sangre», una exploración que conecta el conocimiento ancestral con la narrativa moderna, ya disponible para todo el mundo (en español y primero como e-book) a través de Amazon Kindle Select.
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