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Ciberhomofobia es cuando el odio se traslada a la red. La mayoría de las agresiones al colectivo LGTB a través de la Ciberhomofobia que tienen lugar en Internet no se denuncian.

Bogotá, Colombia, 6 de marzo del 2021.— Durante el primer trimestre del año, el tiempo que dedicamos a las redes y a otras aplicaciones móviles ha aumentado un 20 % en todo el mundo, debido en gran parte, al confinamiento, según un informe realizado por App Annie. Se trata de un espacio que destinamos sobre todo a socializar y a entretenernos pero que también sirve para acosar y agredir. «Las redes permiten visibilizar determinados colectivos, pero al mismo tiempo el anonimato y el hecho de que no haya una interacción cara a cara está fomentando que también sea el lugar donde se generan mensajes de odio, acoso y demás agresiones», señala Susanna Tesconi, profesora de los Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Así lo comprobó la organización estadounidense Anti-Defamation League (ADL) cuando, hace poco más de un año, puso en marcha un estudio para responder a la pregunta de qué lleva a los ciberacosadores a desatar su odio en Internet. ¿La conclusión? El 11 % del odio que se trasmite en la red se hace para agredir verbalmente o acosar a personas con sexualidades diferentes a la heterosexual «El colectivo LGTB es una de las dianas en estos mensajes de odio que se están alimentando. En ese sentido, tengo la sensación de que hemos vuelto atrás», añade la experta de la UOC.

En algunos países, esos insultos y agresiones en línea son el pan de cada día: el año pasado, la discriminación por orientación sexual fue el primer motivo de denuncia por agresiones en Internet en Argentina, según datos del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), y eso a pesar de que ya han pasado treinta años desde que la OMS eliminara la homosexualidad de su listado de enfermedades mentales.

Como explica Tesconi, las redes sociales amplifican tendencias y fenómenos que se dan en la sociedad, lo que significa que «si existe una actitud de odio o de no inclusión respecto al colectivo LGTB, en la red eso se ve reflejado y probablemente amplificado por la facilidad de difundir este tipo de contenido». Coincide en su análisis con Begonya Enguix, doctora en Antropología Social y profesora de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC, quien recuerda que socialmente podemos reaccionar ante la diferencia de género, afectiva y sexual otorgándole legitimidad e incluyéndola o rechazando frontalmente las formas de relación que quedan fuera de los patrones heteronormativos, viéndolas como una amenaza al orden establecido —el heteronormativo—.

Según Enguix, el odio y la agresión ante la diferencia pueden obedecer a motivos distintos, pero generalmente «están vinculados a la protección de las relaciones de género (y de sexualidad) tradicionales desde posiciones que consideran que esas relaciones sustentan unos valores tradicionales —familia tradicional, producción y reproducción, entre otros— que son superiores a otros valores». Así, la masculinidad tradicional y hegemónica en general «excluye y castiga todo aquello que puede poner en peligro el «mandato tradicional del género» y el poder y el privilegio masculinos», continúa Enguix, que afirma que la masculinidad hegemónica aún se define más por lo que no es que por lo que realmente es: un hombre «de verdad» no debe ser un niño, ni una mujer ni un afeminado.

El varón blanco y heterosexual, supuestamente depositario de los valores tradicionales occidentales, y quienes comparten su ideario se sienten amenazados por otras formas de expresión sexoafectivas y responden con el rechazo y la agresión», apunta Begonya Enguix. Además, añade que aunque los cambios legales y normativos ayuden a la erradicación de la LGTBfobia, esta «sin duda persiste entre nosotros como ejemplo de que los significados tradicionales de la masculinidad y la feminidad siguen en buena parte presentes: seguimos viviendo en contextos heteronormativos y machistas, a pesar de los muchos cambios experimentados».

Denunciar para poder actuar

Según los expertos, una de las razones de que las redes sociales se hayan convertido en un espacio donde los ciberacosadores se sienten impunes es el hecho de que muchas de las agresiones contra el colectivo LGTB que se producen en ellas no se denuncian. Una investigación publicada en Statista cuyo objetivo era conocer cómo reaccionaban las personas a los ataques homófobos en línea halló que el 44 % ignora esos mensajes de odio y el 24 % bloquea o deja de seguir al acosador, mientras que solo el 17 % responde al comentario enfrentándose al atacante.

El catedrático de Derecho Penal de la UOC Josep Maria Tamarit explica que, aunque las amenazas en línea que puedan considerarse provocación al odio o a la discriminación contra el colectivo son delitos públicos que pueden ser investigados por la policía, y pese a que los fiscales especializados en delitos de odio impulsen algunas investigaciones, la baja tasa de denuncia de los afectados es una dificultad. «La mayoría de víctimas no denuncia por diversos motivos, entre ellos una cierta normalización de esta clase de hechos, la falta de apoyo o la falta de confianza en las instituciones. Por eso es importante ofrecer apoyo a quienes padezcan conductas de odio», señala. 

Ciberbullying contra adolescentes LGTB

Hace tiempo que se viene hablando de un repunte del machismo entre adolescentes», señala Begonya Enguix, miembro del grupo de investigación MEDUSA – Géneros en Transición: Masculinidades, Afectos, Cuerpos y Tecnociencia de la UOC. «La LGTBfobia y las agresiones LGTBfobas están estrechamente relacionadas con el machismo, con el sexismo y con el rechazo a la diferencia y la diversidad. Es imprescindible educar en la diversidad, la pluralidad y el respeto a la diferencia. Hemos avanzado mucho, pero todavía no lo suficiente», afirma.

También la profesora Susanna Tesconi cree que la educación es una de las claves. «Más que en el uso correcto de las redes, creo que debe educarse en la empatía, enseñar a no caer en la intolerancia», apunta. «Probablemente lo que debería cambiarse son las relaciones de poder, cómo representamos al otro, cómo nos comunicamos. El lenguaje también es una tecnología y hay que ser conscientes de cuándo se convierte en un arma. En este aspecto sí podríamos reflexionar mucho y actuar en el ámbito educativo», asegura.

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