Netflix estrenará documental basado en la tragedia vivida por el pueblo de AYACUCHO tras el autogolpe de Pedro Castillo Terrones. Advertencia: incluye enlaces a contenidos que pueden herir la susceptibilidad del lector
Lima, Perú, 17 de diciembre del 2022.— ¡Oh! Amados lectores, soy Tito Petronio, viajero en el tiempo, que regresa invocado por el escribidor de este sitio. Él me trae de nuevo, porque está convencido que Yo soy parte de él y que escribo y sigo opinando, a pesar de que dejé de existir en los tiempos del tirano romano, Nerón. Y ahora, el escribidor me invoca y me ruega a observar la dura y crudelísima realidad en la que se ha visto envuelta la nación del Perú, tras el enigmático «autogolpe» del ahora ex presidente, el campesino y dirigente sindical, Pedro Castillo Terrones.
El escribidor tiene el anhelo que quizás, por mi sabiduría ancestral, y como romano de origen (aunque nací, en lo que es la actual Marsella, por entonces colonia romana), pueda darme alguna explicación lógica, ante la barbarie desatada por el ejército peruano, bajo órdenes de la actual presidente del Perú, Dina Ercilia Boluarte Zegarra.
¿Explicación? Le respondo presto al escribidor, pues muy fácil: detrás de todo están las enormes riquezas del Perú, riquezas ya tradicionales, a las que se suma sus reservas de minerales preciosos, claves para la industria del futuro, —o Industria 4.0, me subraya el escribidor—.
Yo le comento alarmado que he observado, como sin ningún tapujo y humanidad ninguna, se ordenó masacrar a un pueblo ayacuchano indefenso, sin armas, que obviamente exaltado por la indiferencia pertinaz del centralismo limeño, reclamó ante el certero contra golpe de estado que se le aplicó, al mandatario de turno, a su vez también «extrañamente» golpista, el campesino Pedro Castillo Terrones. Sobre este personaje, —que ya ocupa su sitial en la historia—, no me voy a detener en mi análisis, en este momento. Quiero, sin embargo, manifestar mi absoluta consternación ante los crímenes de «lesa humanidad», que han teñido de sangre y lo siguen haciendo, al milenario pueblo de Ayacucho.
Acerca de Ayacucho
Ayacucho, o el «Rincón de los Muertos«, fue cuna de uno de los tres imperios que gobernaron al Perú, antes de la llegada de los españoles, nos referimos al imperio Wari… ¡Sí! Exclama entusiasmado, el escribidor, ellos alguna vez dominaron casi a todo el Perú, asiente y comenta de pronto, mi discípulo, algo entusiasmado…
Pero ahora le replico, que observo muy tristemente, que Ayacucho está en todos los titulares de la prensa mundial e independiente, no por su belleza natural, no por su rica gastronomía, no por su mágica música, no por su ancestral historia, no… está en boca de todos y en especial a los guionistas de Netflix que buscan, ávidos de nuevos guiones lucrativos, contar algo, haciendo uso de la plataforma de streaming.
Sí, creo Yo, como «Arbitro de la Elegancia», que al final de eso se tratará todo, mientras no seas tú al que te caigan las balas, mientras estés en la comodidad de tu nube, ensimismado en tus pantallas OLED 4K u 8K, mientras no te duela de verdad, solo consumirás y pagarás por ver una historia que, en redes sociales ya se vive, en «vivo y en directo«, sobre la cruenta masacre y represión a la que está sometido el pueblo peruano.
Y llama la atención, como los adalides del discurso de la «Diversidad e Inclusión«, del respeto a los Derechos Humanos, ni siquiera se pronuncien, ante semejante barbarie, no para nada, ellos mantienen un silencio ciertamente preocupante. Considero que el tema de Ayacucho es un «punto de quiebre» acerca de la realidad latinoamericana, y mundial.
Ayacucho es el Perú, una nación ahora dividida, y quebrantada ante la tiranía y la soberbia de los que ostentan el poder. Como romano de origen, Yo, Tito Petronio, también denuncio a la Iglesia Católica por haber permitido que en los techos de sus iglesias ayacuchanas (en la misma plaza de armas, tengo entendido), se apostasen francotiradores, según esta denuncia, para asesinar sin escrúpulos a los humildes protestantes.
El Perú, siempre ha convivido con la corrupción, —me acota gravemente el escribidor—, ellos acuñaron esa frase de «Roba, pero hace Obra«… esa tibieza les está pasando ahora dura factura, con inocentes vidas segadas, de niños incluso —acoto yo—. Pero eso, le reitero amargamente a mi desconsolado escribidor, no es novedad, la misma Iglesia Católica peruana, que para variar, se ha visto envuelta en mayúsculos escándalos de pedofilia y abuso sexual, por eso actúa de manera cómplice con la brutal tiranía y opresión, abjurando y distorsionando una vez más, el tan malentendido mensaje de amor de su mesías, Cristo.
¡OH!, me responde mi discípulo, el escribidor, cuándo volverá la paz al Perú… de momento no tengo una respuesta para darte, —le digo amargamente—.
Quizás esta lección del Ayacucho 2022 sirva para cambiar para mejor a la ciudadanía peruana, para ayudar a cambiar en algo al mundo; estamos quizás viendo un sacrificio que al final conduzca a un pueblo noble, hacia su ansiada prosperidad, —un pueblo de «todas las sangres«— me subraya el escribidor.
Sí y para finalizar le digo, atrás quedarán todos esos pasquines y medios masivos de comunicación que también se arrodillaron y vendieron su más preciado activo, por unas miserables monedas, su credibilidad. Ahora emerge como siempre la tecnología, que empodera al usuario y les permite documentar, sin guion alguno, la cruda y cruenta realidad.
Sigue así, exhorto a mi amado discípulo, —el escribidor de este sitio—, súmate a las voces del verdadero cambio, que está por venir, como ese hermoso «Himno a la Alegría» del Ludwig Van Beethoven.
¡Hasta la próxima amado discípulo, mi escribidor!
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